domingo, 20 de enero de 2013

Margen


La noche se hizo densa, respirar se le dificultaba, como si los pulmones los tuviese llenos de espinas y clavos; la cabeza no paraba de darle vueltas una y otra vez pensando en lo mismo desde hacía un par de días, y cómo no iba a hacerlo si vio, sintió, que la vida se le fue de los brazos.

No era suficiente estar desconectado del mundo entero para tener ideas claras, la mente despejada y sentir que al fin sabría qué hacer para que todo fuese aún mejor que antes. Cada paso era un constante bombardeo de pensamientos que no lo dejaban tranquilo, era como si en segundos su alma se quebrara y una esperanza fantasma reconstruyera todo por un instante esperando a que llegase de nuevo el sentimiento destructivo que lo quebrantaba.

Al borde del peñasco y prácticamente ciego por aquel infortunio, un paso en falso era casi inmediato en ese instante, ni siquiera el sonido intenso del viento le hubiese indicado que estaba en lo alto del risco a punto de caer al precipicio. Faltaba poco, sólo unos pasos más y todo habría acabado, un corrientazo por el espinazo y un vacío enfermizo se hicieron presentes, como dándole la bienvenida a la tragedia que se veía venir. Todo habría acabado.

Sin pensarlo, sin imaginarlo, unos brazos lo tomaron delicadamente por la cintura, inmediatamente sus pies se detuvieron como si un susurro se lo hubiese ordenado, ahora no sólo sentía los brazos sino todo un cuerpo a sus espaldas, completamente atado a él. Su presencia trajo consigo una calidez indescriptible, la tranquilidad que tanto necesitaba. Poco a poco se dio vuelta para estar frente a ella y tan solo su voz fue necesaria para abrir sus ojos, era lo que necesitaba, lo que esperaba, quien lo traería de vuelta.

viernes, 11 de mayo de 2012

Inconcluso

Pensaba que el tiempo había jugado con él lo necesario para confundirlo aún más de lo que ya se encontraba con tantos tropiezos en su camino, pero no sabía que un movimiento más en el tablero de juego estaba por darse la misma noche donde creía que habría un pequeño respiro. Después de meses sin que sus ojos presenciaran su silueta, estaba allí alguien que sin pensarlo hizo del momento una sorpresa, que hasta el día de hoy, trata de darle un motivo más por el cual haya sucedido.

Las voces y los pasos torpes estaban en cualquier lugar, las risas y recuerdos hicieron parte de conversaciones que no daban lugar desde hace tiempo. El lugar, en ese instante, era un ambiente perfecto para comenzar a perder el control. A pesar de las palabras que iban y venían entre los presentes, sentados cómodamente disfrutando sus amargas bebidas, algunas no iban más allá de la pequeña distancia que había entre los muebles de aquella sala. La música había estado presente, pero fue el deseo de más palabras y la sensación embriagante en cada sorbo de aquellos pequeños vasos lo que hizo del baile la atmósfera que dio lugar a lo no perfectamente planeado.

Quién habría pensado que aquellos labios esculpían la melodía que bailaba aferrado a su cuerpo, atraído por sus ojos marrones que aun en la pobre iluminación del espacio resplandecían, atentos. Así mismo, sintiendo que los presentes habían desaparecido, fue la privacidad quien los tomó y les dio su espacio, esta vez alejando completamente a cualquiera que pudiese interrumpir aquel momento, que seguramente, ninguno de los dos hubiese visto venir. La conversación, que ya había tomado forma, llegó a combinarse con la extasiada sensación que los acompañaba desde aquellos pequeños y ardientes sorbos.

Fue así como sus labios se unieron, se mezclaron una y otra vez, su rostro y aquella parte de su vida que había compartido durante la noche, eran más que motivos para seguir aferrado al cálido abrigo que había entre ellos. Luego de ello las cosas comenzaron a perderse en una neblina de recuerdos, caricias en el cabello, manos entrelazadas, pasos por las escaleras, la sensación de ser cuidado y yacer dormido en el suelo, solo.

Al despertar, el primer pensamiento fue su nombre, su rostro y una búsqueda torpe en la habitación por su presencia, aquella misma que no estaba. Fue al partir, en medio de pasos inútiles que pensó una y otra vez si habría un después, respuesta que se fue dando al pasar los días luego de una conversación inconclusa, una despedida que nunca se dio y la espera cerril de ver interés por parte de ella y la falta de su propia valentía por entablar de nuevo una conversación por la inexplicable sensación que tenía, que no sabía si era reciproca. Al parecer todo había quedado atrás, pero ella, sin saber, había dejado en él la sensación de un pecho ardiente que no evitaba que la dejase de pensar.

Sin respuesta definitiva, ¿Habrá después? Tal vez nunca se sepa.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Noche nueve

Las ansias eran evidentes desde el inicio del día, el despertar vino cargado de adrenalina que no dio pie a más descanso mientras el tiempo pasaba hasta llegar el tan esperado momento. Las horas parecían eternas al lado de meses e incluso años de aquello que nunca había sido concretado. El día previo con sus confesiones inesperadas trajo consigo aún más sentimientos y emociones que pedían a gritos desde el pecho ser liberadas en busca de tranquilidad después de haber sido recluidos.

Poco a poco el reloj fue marcando con paso lento la llegada de la noche y así, la preparación para aquel encuentro. El camino a la estación, el viaje, la llegada y la espera, buscando entre el arribo de los pasajeros el rostro, el cuerpo, las manos y piel que tanto había esperado, que no podía sacar de mi mente ni un solo instante desde el día anterior. Pensaba una y otra vez qué hacer, qué decir, pero los nervios me traicionaban, las luces nocturnas y los sonidos de aquella estación se confundían con sueños y deseos, con pensamientos guardados durante tanto tiempo. Cada minuto, cada segundo, eran un paso más cerca de su presencia, hasta que en medio de fantasmas se hizo tangible, con una sonrisa sublime y sus brazos en busca de mi cuerpo desdeñable.

Todo a mi alrededor desapareció, sólo existía ella, mis piernas dejaron de sostenerme, se hicieron débiles. La adrenalina se centro en mi pecho y sentí como si el corazón se me fuese a salir, mis manos se llenaron de repugnante sudor nervioso, para ese instante, ella ya estaba al frente mío, rodeándome con su ser mientras tímidamente con mis brazos sentía cada músculo de su cuerpo, olía cada uno de sus rizos y sentía cómo mi pecho estallaba contra el suyo. No sé cuánto estuvimos así, si fueron segundos o incluso minutos, pero ese abrazo fue más de lo que hubiese esperado en un principio.

Nuestros ojos se encontraron, las sonrisas tímidas hacían presencia y mi voz se entrecortaba, me costaba gesticular, ordenar palabras e ideas de forma coherente para no quedar como idiota. Era evidente, estar a su lado me desarma. Comenzamos un camino, construido con pasos lentos y el inicio de una conversación que se extendería a lo largo de la noche. Aún las ansias estaban presentes, mis manos buscaban esconderse en los bolsillos para tranquilizarse, para aparentar estar tranquilo pero era imposible.

Sin estar preparado, llegó la primera sorpresa de la noche. Lentamente, dejó al descubierto su hombro izquierdo en donde había dejado en tinta mis iniciales. No sabía qué decir, me desarmaba más, no sabía qué hacer. En ese instante quise estar impregnado en su piel, hacer parte de su cuerpo, ser eterno en cada poro.

Nuestros pies nos llevaron al lugar testigo de la mayoría de nuestras palabras. Me dejé a merced de su voluntad, que hiciese conmigo lo que quisiera, estaba perdido en su voz, en su aroma, en cada mirada que me regalaba, en cada sonrisa que me dedicaba. Sólo podía escuchar todo aquello que me decía, sentir cada una de sus palabras, fijarme en sus silencios e intentar tranquilizarme con sorbos de la bebida que tenía a mano.

No sentí el tiempo, ella hacía sublime hasta el más imperceptible suspiro. Cada momento fue inesperado, algo que no hubiese imaginado. Sus caricias, sus besos en mis manos, lo suave que es su piel, su risa y su humor fino, tomarme por sorpresa a mis espaldas para darme un beso suave y tibio en la mejilla, dejarme acercar, poderla sentir, decirle con besos tímidos lo que no pude con mi voz. No quería que se acabara la noche, no quería que se fuese de mi lado, no quiero que se vaya ahora como ya sucedió antes, quiero que se quede, esta vez a mi lado, que se quede siempre.

viernes, 9 de septiembre de 2011

El pasado y presente de Andrés Caicedo

Vivimos en nuestro presente, intentando construir futuro pero, ¿somos concientes de la importancia que ha marcado el pasado?. Es aquí donde doy prioridad a esta pregunta y comienzo a hablar de unos 34 años atrás, incluso un poco más, en el que estuvo presente uno de los personajes literarios más influyentes de nuestros días -entre los jóvenes-, Andrés Caicedo.

Poco conocido en el mundo literario colombiano e internacional, este joven caleño, de larga cabellera, lentes gruesos, tímido y tartamudo ha marcado en nuestros días la pauta para que los jóvenes se interesen en la lectura e incluso, en la producción de textos. Su obra se caracteriza por estar fuertemente influenciada en las vivencias juveniles de sus días, problemas, peleas, alcohol, drogas, sexo y la muerte. Además de sus cuentos y novelas, son conocidas sus cartas a familiares, amigos o a sí mismo donde dejó plasmado con total sinceridad y sin tapujo sus más profundos sentimientos y sufrimientos, sus expectativas y constantes miedos que, a fin de cuentas, fueron quienes terminaron matándolo.

Nació el 29 de septiembre de 1951 en Cali, Colombia. Sus padres, Carlos Caicedo y Nellie Estela, lo criaron junto a sus tres hermanas mayores María Victoria, Pilar y Rosario, quienes posteriormente ayudarían en la publicación del libro “El Cuento de mi Vida”, una recopilación de sus cartas que dejan al descubierto al Luis Andrés que muchos no conocen. Desadaptado y problemático, en el colegio fue donde comenzó a recolectar sus primeras vivencias que luego dejaría plasmadas en sus cuentos y novelas. Graduado de bachiller a los 17 años, ya contaba con varios guiones para cine y teatro y un par de cuentos, entre ellos “Infección” escrito en el año 1966. El mismo año en el que terminó su colegio, ingresó al Departamento de Teatro de la Universidad del Valle y un año después comienza a escribir crítica cinematográfica en los diarios El País, Occidente y El Pueblo al tiempo que funda el cineclub de Cali con sus amigos Luis Ospina y Carlos Mayolo, personaje con quien quiso grabar uno de sus guiones “Angelita y Miguel Ángel” sin éxito alguno. En 1970 gana el primer Concurso Literario de Cuento de Caracas con "Los dientes de caperucita", adaptación del cuento infantil, dos años después gana el Concurso Nacional de Cuento de la Universidad Externado de Colombia con su cuento “El tiempo de la ciénaga”. Al año siguiente viaja a Estados Unidos con la idea de vender algunos de sus guiones para largometraje, desafortunadamente no lo logra pero este viaje le deja su novela “¡Qué viva la música!”. En 1974, comienza a escribir su revista especializada en cine “Ojo al cine” y es publicado su cuento “El Atravesado”. Dos años después intenta suicidarse dos veces sin poder alcanzar su objetivo, escribe dos cuentos más, entre ellos su novela inconclusa “Noche sin fortuna” y el 4 de marzo de 1977 al recibir la primera copia de su novela “¡Qué viva la música!” se suicida tomando 60 pastillas de seconal muriendo encima de Pepito Metralla, su máquina de escribir Remington en donde plasmo todo lo que nos quedó de él.

Durante muchísimo tiempo su obra quedó guardada en un baúl conservado celosamente por el señor Carlos Caicedo, padre de Andrés quien luego de un tiempo dio acceso a los textos de su hijo. Fue así como sus cuentos empezaron a ser publicados y su obra salió del ambiente caleño para ser aún más conocido en Colombia e incluso recordado y mencionado por extranjeros como Alberto Fuguet, chileno que publicó “Mi cuerpo es una celda” libro que habla sobre la vida de Luis Andrés. En Colombia, su amigo Luis Ospina realizó un documental llamado “Unos pocos buenos amigos” en donde se cuenta la vida y obra del escritor caleño.

El legado que a dejado Andrés se ve reflejado en escritores contemporáneos influenciados por la obra del caleño, como Rafael Chaparro Madiedo con su conocido libro “Opio en las nubes” leído por muchísimos jóvenes y Efraím Medina con “Érase una vez el amor pero tuve que matarlo”.
Sobre Andrés se ha escrito y especulado muchísimas cosas, entre ellas su sexualidad, que aunque se conozca su amor por Patricia Restrepo, se cree que tenía cierta inclinación por los hombres; en la Revista Arcadia Nº 69 fue publicado un artículo que toca este tema más a fondo. Otro de los temas que ha sido muy discutido fue su relación con Clarisol y Guillermo Lemos, el par de hermanos que llevaron a Andrés a conocer las drogas y el mundo de las calles. Aún así siempre habrá que comentar sobre él, su muerte temprana y unas cuantas cosas más que generan interés y preguntas al leer su obra.

Aún estamos a tiempo de conocer a aquel joven caleño que dejo en el papel su vida entera y a la cual le dedico cada instante de su corta existencia. Nos enseñará a ver la literatura colombiana de otra forma y entenderemos por qué ha sido llamado “el enemigo de Macondo”. Sus experiencias, cercanas a la realidad y tangibles para muchos, harán sentir en carne propia lo vivido y contado por Andrés y como el mismo decía “Si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos”, nos ha dejado todo lo que tenía, es hora de pagarle con buena moneda y ser uno de sus buenos amigos.

lunes, 27 de junio de 2011

Espera

Desperté con el leve brillo que se colaba entre la separación de las cortinas, podía ver el polvo y la piel muerta flotar e ir sin rumbo por la habitación y sentir el ambiente cálido de una mañana soleada mientras mi cuerpo reposaba sobre la suave colcha de su cama.

Mis ojos iban de un lugar a otro buscando con la mirada algún sonido que me indicase dónde estaba ella, pero no la escuchaba y en ese instante sentí que la tranquilidad que poseía al haber dormido cerca, prácticamente a su lado, se iba. Aparte mi cabeza de la colcha, miré con detenimiento cada una de mis extremidades, las estiré buscando repeler el agotamiento que aún sentía y con suaves y leves movimientos me incorporé, sentado en la cama trataba de evocar qué había sucedido la noche anterior.

En un breve instante recordé ver la puerta de su habitación abierta mientras yacía recostada entre las sábanas azules olor jazmín, esas mismas que tanto me gustan. Entré cautelosamente evitando romper el silencio para seguir viendo cómo dormía, en ese momento me acomodé pausadamente sobre el borde de su lecho y me dediqué a contemplarla, queriendo entrar en las sábanas y sentir el calor que siempre emana, finalmente quedé dormido ahí, en el borde, en ese mismo donde la observé en la noche.

No entendía cómo no la había sentido en la mañana, quería pensar que procuraba no despertarme para que siguiese descansando, pero antes de irse siempre se despide con un beso entre mis ojos mientras posa su mano derecha sobre mi abdomen y me acaricia un instante, ese sublime instante de las mañanas, el instante que hoy, no había tenido lugar.

Decidido a buscar rastro en casa sobre ella, bajé de la cama e inmediatamente el frío del piso de madera subió por mi cuerpo como un molesto escalofrío, ese mismo que siento con su ausencia. Al salir de la habitación, me dirigí al baño, era claro que había estado allí hace pocos instantes, que su cabello había lavado y se había perfumado. No recordaba que me hubiese dicho la noche anterior que pretendía salir temprano, aún menos cuando era sábado, día que por lo general dedica enteramente a mí, sólo a mí.

Resignado con el vacío al no tenerla cerca, en pasos lentos fui hasta la cocina, había desayunado y dejado servido el mío pero no me dieron ganas de probar bocado, no es lo mismo hacerlo sin ella, incluso, me entristecía que no hubiésemos desayunado juntos,  como siempre lo solemos hacer. Fue así como en medio de lamentos, fui a parar en el sofá de la sala, ese donde pasamos tardes enteras mientras ella se sienta a leer y yo me poso en su regazo mientras me consiente y la observo con ojos esperanzados, esperando sus besos.

Me dediqué a ver por la ventana buscando su silueta entre el bullicio que comenzaba a pronunciarse, el brillo del sol me daba directo en el rostro, veía gente ir y venir, pero no había señal de ella y me preguntaba, ¿no sabrá cuánto necesito de su presencia? ¿me extrañará? ¿le haré falta? ¿habrá pensando en mí aunque sea un breve instante de lo que llevaba el día? Cuestionamientos que dejan de tener importancia cuando estoy a su lado, cuando sólo me importan sus caricias y sus besos, su eterna ternura en cada una de las palabras que me dedica, el problema está en lo mal que me tiene acostumbrado, y que tan solo unos cuántos minutos sin ella, me desesperan, me vuelven loco.

Vencido por el tiempo y la espera, decidí comer algo, debía hacerlo aunque ella no me hubiese esperado y fue mientras lo hacía que sentí repentinamente su presencia, corrí hacía la ventana y la veía venir con grandes bolsas entre sus manos, sobresalían varios lienzos en blanco y unos cuantos pinceles, en bolsas más pequeñas supuse que llevaba oleos nuevos para pintar, recordé en ese momento que días atrás me comentaba que le faltaban algunos materiales para que pintáramos de nuevo, la alegría que me invadió en ese instante es indescriptible, me encantaba verla pintar y su ausencia se convirtió en motivo para un momento memorable que tendría al lado suyo, ahora todo tenía sentido.

Escuché sus pasos en las escaleras y cómo se acercaba cada vez más a la puerta del apartamento, mi alegría era incontenible y sin poder evitarlo comencé a maullar lo más duro que pude, sentir como las llaves encajaban rápidamente en la cerradura me exaltaban y en el momento en que la puerta se abrió sentí magia, es increíble ver como me dedica su sonrisa. Con avidez cerró la puerta y sentí como buscaba deshacerse pronto de las bolsas en sus manos para levantarme, supe que me extrañaba, que me pensaba, todas mis preguntas tenían respuesta con ese simple acto. Mientras dejaba las bolsas en la sala, me paseaba entre sus pies sin dejar de maullar, cuando terminó, vi que sus ojos se posaban en mí, no podía ser más feliz al verla así, se inclinó y me tomo entre sus manos, me alzo y con un suave susurro me saludó –Hola Dallas, la saludé con besos en su nariz y comencé a ronronear; es increíble estar a salvo y protegido en su pecho, entre sus brazos.

viernes, 4 de marzo de 2011

34 años sin ti

Hace poco, leí en una revista digital dedicada a la crítica literaria, que Colombia es un país que poco lee y que poco escribe, que por el hecho de no leer, es motivo para no escribir. Para muchos, la literatura colombiana está encasillada en un personaje anciano, que ha escrito cualquier cantidad de cuentos y novelas y que por el hecho de haber ganado un Nóbel de Literatura, fue puesto en un pedestal del que nadie lo ha quitado, y bajo él, han estado cientos de escritores, que con excelentes relatos, han tenido que vivir bajo su sombra.


Hoy, en un día lluvioso y frío, yo sí recuerdo y tengo presente a uno, que hace 34 años se suicido y como una base primordial de su vida pensaba que al morir, había que dejar obra, y vaya que la dejo. ¿Quién soy yo para escribir de Andrés Caicedo? He aquí la respuesta, un ferviente y apasionado lector de sus cuentos y escritos, de sus cartas y sus críticas, que no solo encontró en él un parecido físico, con el cual se identificó desde el primer instante, desde la primera carta, desde la minuciosa lectura de las primeras palabras que cruzaron ante sus ojos.


Recuerdo cuando me dijeron el gran parecido que tenía con Andrés, al principio, se me hizo extraño, porque no conocía su rostro, al verlo, fue sorprendente, y así, fue que empezó a crecer el interés por conocer su vida y sus textos. Al comenzar a leerlo, fue increíble ver que no solo era un parecido físico el que nos unía, eran palabras y sentimientos las que se entrelazaban y encontraban, se conocían y se presentaban.


Admito que era muy pocas las veces que me sentaba a leer un libro y nunca escribía más de 2 líneas, fue cuando conocí a Andrés que mi pasión por la literatura se encendió, comencé a devorar libros (no necesariamente de él), transforme pensamientos, ideas y sentimientos en texto, en cuentos cortos y todo eso lo encontré en su forma natural de escribir, en lo fácil de leer, en la sinceridad de sus palabras.


Hace 34 años se quito la vida al pensar que vivir más de 25 años era una incensatez, creyendo que al crecer, perdería el alma de niño, de joven, de adolescente que lo inspiraba y motivaba a escribir sus historias, siempre tan urbanas y juveniles, tan violentas y oscuras. Si algo me enseño esa particular situación, es que nunca debo perder mi alma, esa, que al igual que él, me inspira no solo a escribir, también a vivir, a soñar y creer. Gracias a él, encontré en la escritura la forma de desahogar mis penas en papeles y tinta y no ahogarme con ellos mientras flotaban en mi mente.


Gracias Luis Andrés, gracias por todo, por encontrar en ti la persona que me entendió y me ayudo a estar más tranquilo conmigo mismo, gracias porque cada día aprendo más de ti y encuentro en tus letras consuelo al sentirme entendido por alguien, por ti. Prometo encontrarnos un día, conversar sobre la vida, esa tan corta y rapidísima que viviste y esta tan corta y extensa que quiero tener.


Somos seres separados por las épocas, por la vida, por la muerte misma, pero estoy seguro que ambos estaríamos dentro de nuestros pocos buenos amigos. Disfruta la muerte que te alivio y alivia con tus letras la mía, que aún vivo y quiero vivir con mi “Patricita”.
Hasta luego, Luis Andrés.

sábado, 12 de febrero de 2011

Golondrinas

Alguna vez en su vida, pensó que nada le podría causar daño, y así fue durante mucho tiempo. Las promesas hechas al pasar los días lo hacían fuerte, se sentía invencible. Fue durante ese tiempo en el que tal vez descubrió las etapas ocultas en su vida, y que sin imaginarlo, lo hicieron lo que hoy en día la gente recuerda de él.

Nunca llego a pensar que la fortaleza construida alrededor de sus sueños se llegaría a derrumbar por circunstancias tan inútiles e impredecibles como las que, en su momento, hicieron de él un hombre miserable y devastado. Agotado y sin ninguna idea de qué hacer en los instantes siguientes a su vida, comenzó a vagar por las calles de su mundo, ahogado en pena y dolor, busco ayuda pero en vano, nunca la encontró. Los consejos que escuchaba no eran los que esperaba y si los ponía en práctica nunca funcionaban. Busco refugiarse en calles próximas o construcciones, edificaciones y casas que creía, le darían algún abrigo, pero no conforme, al cabo de pocas semanas se iba sin dejar rastros, con paso lento y sin rumbo.

Desde aquel día en que su vida cambio y todo en lo que creía desapareció de su mundo, hubo una sola cosa que nunca quiso perder. La esperanza, era tal vez, el único sentimiento presente en su vida que lo mantenía más cuerdo que loco y más loco que cuerdo. No quería perderlo, pues sabía, que era aquella sensación la que haría que volviese a amar y creer.

Desafortunadamente para él, tanto tiempo en las calles de su desolada mente, las pequeñas semillas de un miedo infundado desde la destrucción de su fortaleza, germinaron con el frío de las calles, las conversaciones incesantes consigo mismo y el punzante dolor en su pecho que causaba la soledad, a la cual, temía desde que la misma vida le dio la capacidad de recordar. Fue en ese instante en que sus miedos sufrieron la tan temida transformación, nunca deseada en su vida. Aquella metamorfosis hizo de sus miedos, fobias que cada día más atormentaron y envenenaron su mente. Enloquecido por aquel cambió, la esperanza se desvanecía con sus pasos, dejando estelas en el asfalto frío de su vida y el deseo de vida eterna se perdía en susurros inaudibles para la gente que, desinteresadamente, pasaba a su lado sin generar otro sentimiento más que lástima.

Con la poca cordura que le quedaba en medio de su locura infundada, sintió que debía seguir viviendo, que alguien lo salvaría y lo sacaría de su miserable vida, sin pensarlo, la esperanza aún le pedía con voz agonizante que no se rindiera, fue así, como con sus últimas fuerzas, comenzó con gritos desesperantes a llamar a aquella que lo sacaría del fondo de su pena y dolor. Sus lamentos pedían a súplicas alguien que salvase su vida, que no lo dejará morir en aquella calle solitaria que durante mucho tiempo fue su único refugio. Era de esperarse, que siendo una calle poco transitada, fuesen pocas las que escucharán sus quejidos y menos aún las que prestaran atención a ellos.

Un día, un jueves, de una semana, en la que la voz ya era débil y el frío de su mundo hacía pausada su gesticulación, cruzo alguien el camino sin importar escuchar los gemidos que salían de aquella calle. Con pasos lentos, constantes, se detuvo justo en frente de él.

Una mujer, de cabello largo y ojos grandes, color avellana, hermosos, con labios delgados y carnosos, delgada y de figura esbelta, frágil, realmente hermosa, fue la única que en tanto tiempo se detuvo a escuchar, tanto así que se acerco hasta él para entender perfectamente lo que decía, lo que pedía. Oyó en su voz, una y otra vez, sin cansarse de repetir que decía “Alguien venga y sálveme la vida” sin creerlo se acerco aún más y prácticamente de rodillas a él, casi pegando sus oídos a los labios secos que se lamentaban, volvió a escuchar, a confirmar lo que sus oídos habían captado antes de estar tan cercana, tan íntima a su presencia “Alguien venga y sálveme la vida”. Sin darse cuenta de la presencia de ella durante ese periodo de tiempo, él, con sus ojos cerrados, sintió una calidez, que en su vida nunca había sentido, lo reconforto y lo alivio, dejo de gritar y fue el aroma de ella el que hizo que abriera sus ojos para ver a que se debía ese cambio. Cegado por las luces de los faroles, luz que anunciaba la noche, vio tan cerca a él una silueta que lo sorprendió, pero no se asusto. Pausada y tranquilamente se incorporo en su sitio para poder ver bien quién era. Los tenuidad de la luz se redujo y pudo ver, sin apartar los ojos, ese brillo y esplendor que solo ella emanaba. Fue desde ese instante, en que él creyó que aquel brillo al despertar no era la luz de los faroles, sino el resplandor de sus ojos, estaba convencido que era el ángel que venía a salvar su vida.

Sus ojos, los de ambos, se exploraron, se sintieron, se hablaron, se gustaron, hasta se probaron y en medio del éxtasis de aquel encuentro la decisión de ella fue suficiente para decir lo necesario, lo que él tanto había querido escuchar durante tantas noches. Un “Hola” fue suficiente para dejar intrínseco en 4 letras y una sola palabra que era ella quien venía a salvar la vida de él. Sin más, ella se puso de pies y sonrió, él sintió un vació en sus entrañas al pensar que ella se iría y lo dejaría allí como estaba, pero se encontró con 2 manos, suaves y delicadas que se extendían hasta estar pocos centímetros a su rostro y que lo invitaban a levantarse, a dejar atrás su calle e ir a otro mundo. Extendió sus manos y fue sublime el instante en que aquél par de extremidades se entrecruzaron perfectamente, conexión suficiente para sentir que el corazón de ambos nacía de nuevo en un solo latir.

En ese instante lo que ambos conocían como su mundo propio se desvanecía, se destruía y la conexión de sus corazones era la que construía de nuevo un mundo, un mundo solo para ellos dos, fue así como comenzaron a caminar, con pasos firmes, cuando eran débiles, con la frente en alto cuando solo miraban sus pasos, con la esperanza de una vida eterna cuando la vida misma estaba siendo una carga.

Y las palabras fluyeron, construyeron caminos, ese camino que solo ellos recorrerían, comenzaron a soñar, a vivir, de nuevo a creer, en un instante se amaron y de nuevo hicieron su fortaleza, esta vez indestructible e invencible, nunca se separaron, sus manos siguieron unidas. Muchos dicen que parecían golondrinas, que de tanto soñar lo único que les faltaba era volar.

Así continuaron los días, y así sigue su historia, siempre sonrientes y felices, soñando en el mundo que ellos mismos construyeron para ellos, para no tener que vivir en el mundo de los mortales, aquel donde no entenderían lo que sentían. Así ha sido, desde la última vez que los vieron, siguen y seguirán igual…

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El Regreso

Separados por los kilómetros, alejados de los besos y las caricias, de aquellos eternos abrazos y fuertes suspiros, luchando contra el tiempo y el desespero de sentir sus pieles cercanas no se rendían, no era suficiente, nada era preciso para borrar de sus mentes la infinidad de momentos sublimes que juntos habían vivido, el mismo deseo seguía vivo y las esperanzas imperecederas para pensar en el futuro de sus cuerpos y corazones unidos como siempre.

El miedo tomaba ventaja en ella que sentía que la guerra arrebataría de sus brazos el hombre que tanto había amado, pensaba una y otra vez porqué se habría ido, porqué la habría dejado allí, sumida en llanto y confusión al ver que él decidía entregar su vida en nombre de una causa que sentía, necesitaba de su mano, repetía en su mente las últimas palabras que de su voz serena habían salido “Regresaré ¿Por qué no habría de hacerlo si eres todo para mi? No me olvides y espérame con un beso”  y que con una sonrisa sellaron la última vez que lo vio.

El primer año de su ausencia recibía sus cartas que manchadas con tierra y lodo anunciaban que todo estaba bien, que le recordaban cuanto la pensaba, la extrañaba y la necesitaba, de vuelta, ella escribía que esperaba su pronto regreso, que nunca la olvidará y que le prometiera que regresaría con vida, a salvo, que los sueños que tenían aún no se habían cumplido a lo que él contestaba afirmándolo una y otra vez “Te prometí que nunca te dejaría, aún tenemos muchos sueños que cumplir”  era inevitable que tanto ella como él no rompieran en llanto al leer sus cartas y sentirse tan lejanos.

Los tiempos fueron duros y las noticias de las complicaciones de la guerra fueron desastrosas, las cartas dejaron de llegar y los anuncios de muertes cercanas auguraban lo peor, era inevitable pensar que lo que más temía había pasado, pero entonces, ¿Por qué ninguna carta anunciaba la muerte de él? Todas las ideas eran difusas y aún más con las lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta.

Con el corazón en la mano y el cansancio en su cuerpo él luchaba, seguía en pie a pesar de las heridas por cumplir su promesa, por alcanzar sus sueños, por recobrar el tiempo y compartirlo con ella, el único motivo que lo mantenía vivo y con la fuerza para no decaer en una situación que lo aturdía y magullaba, que quebrantaba su alma pero no destruía. La falta de sus besos y caricias era más doloroso que las noches heladas durmiendo bajo escombros, que la lluvia torrencial que los azotaba, la pobre y casi putrefacta comida de cada día, que las largas y extenuantes caminatas que maltrataban sus pies aprisionados en botas testigos de sangre, sudor y dolor.

La situación hacía imposible tener tiempo, incluso materiales adecuados para escribir una carta, el miedo de él era diferente, sentía que su ausencia y la falta de sus cartas harían que ella se rindiera, lo abandonara y buscara a alguien más que cumpliera sus sueños y fuese capaz de alcanzar sus metas, quería abandonar todo y si era necesario correr hasta sus brazos tan solo para verla una última vez y poderle decir que la amaba con todo su ser para luego caer exhausto y morir tranquilo. Todo se tornaba desesperante para él, incluso, el mismo miedo había hecho muchas veces hacerle caer en el deseo de morir al pensar que efectivamente ella lo había dejado, pero el amor entre los dos era tan fuerte que esa conexión entre sus corazones no se había perdido y eran esas corazonadas las que lo alentaban a continuar.

Dos años habían pasado desde la última vez que sus labios se tocaron y sus voces se escucharon, el día que ninguno creía posible después de tanto tiempo había llegado, el regreso a casa era inminente, a pesar de seguir en guerra, el territorio en el que había estado ya no necesitaba de él, extrañamente no quiso informar nada, quería llegar sorpresivamente, era lo que le decía su corazón, ella no sabía nada, lo que tanto esperaba no sabía que ocurriría tan pronto, se sentía resignada. Esta vez no había uniformes raídos, ni sucios, no había botas llenas de lodo ni cascos rayados, no había armas ni bolsas de campaña, solo un alma llena de recuerdos y con el único deseo de recuperar tanto tiempo, un corazón fulminado por la adrenalina, sus pasos lentos y torpes subieron las escaleras que daban a la puerta de su casa y levantando el puño nerviosamente toco a la puerta esperando respuesta, del otro lado ella no tenía idea de lo que esperaba, camino hacia la puerta y la abrió, en ese instante el silencio fue inminente, las palabras serían efímeras, solo una mirada penetrante que inundo los ojos de lágrimas y luego un abrazo tan fuerte que ni siquiera el no poder respirar hubiese importado y fue allí, el momento en el cual las palabras tomaron importancia y la única frase que se escucho en medio del llanto “Regresé, es hora de seguir cumpliendo nuestros sueños, nuestra promesa siempre seguirá en pie” hizo que se cerrara la puerta y tras ella se recuperasen dos años en medio de las sábanas, los besos, las caricias y dos corazones que se amaban completa e infinitamente.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Error y enojo

Solo lo acompañaban los recuerdos creados por momentos mágicos entre ambos, alimentaba una esperanza que parecía ahogada por lagrimas y lamentos, cuerpo enredado en sabanas y encadenado al dolor por errores pasados, presentes y deseados no futuros. En su mente paseaban las risas y sonrisas, los ojos iluminados en sueños y la brisa paseando por su cabello, destellos de luz que dibujaban en las calles sombras de un amor unido por manos entrecruzadas, un solo cuerpo creado por sueños y anhelos, abrazos cálidos e intensos que desenmascaraban pasión intensa y profunda.

Todo lo veía desaparecer en un instante y cada recuerdo se convertía en agua que llenaba su desesperación y miedo, por lo que había luchado ahora lo desgarraba y en ese instante no quería más vida ¿Qué desearía cuando ni siquiera era digno de los susurros de sus labios? Pedía a gritos no despertar, quedar ahogado en llanto y no ver de nuevo algún amanecer, se repetía una y otra vez “¡No soy digno, no soy digno!” con tanta fuerza que sus gritos los reventaban contra las fibras de su almohada, ahora húmedas y frías por las lágrimas, se sentía agonizar, morir en pocos instantes, no toleraba ver una foto de su amor, realmente sentía que él no era el adecuado y merecedor de su compañía, de su amor y dicha, fue así como lentamente con sus últimos suspiros y fuerzas se despidió de la noche y cerro sus ojos para remediar su error en sus sueños.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Podría decir que es el jueves más vergonzoso que he vivido, veo la hora y me desespero, siento que ni adelantando el tiempo ni volviendo atrás podría hacer algo que realmente valiera la pena, simplemente porque sé que cometería el mismo error, y es vergonzoso porque sé que no he aprendido, soy consciente de lo que sucede y no cambio, simplemente no cambio, esto es algo que quema por dentro y uno mismo es quien tiene el equipo de emergencia para evitar tal catástrofe interna y soy como esos que corren de un lado a otro gritando de pánico. Me entristece profundamente saber que soy yo quien siempre arruina todo, no es culpa de nadie, ni de las amistades, ni de las palabras, ni de los versos ni las canciones, no es culpa del aire ni el camino, es culpa mía, de una cadena atada a mis pies, inseguridad constante por miedo, un miedo que se convierte, o tal vez, ya es fobia, y no es por hacerme el mártir ni más faltaba, ellos sufren por lograr cosas buenas, yo sufro porque tengo lo que quiero y por miedo a perderlo lo arruino, aburro, canso, ato.
¿Pensar en soluciones? Constantemente lo hago, me he dicho que detallo mucho y debería dejar de hacerlo pero es difícil cuando siempre he pensado que es algo necesario, el hecho de ser detallado en lo que pasa, para saber qué está bien, qué está mal, que debo cambiar, aunque ya lo sé. Este es el comienzo, no quiero un final, siempre he temido a ellos, pensar si quiera en un adiós eriza mi piel, me produce un escalofrío mordaz, una punzada fina y dolorosa en el pecho que fragmenta mi ser en pequeños pedazos, un golpe que quita el aire y nubla la vista. Que difícil es ser perfecto, ideal para alguien, porque quitar estos miedos es más complicado de lo que yo mismo he intentado y no significa que ella no haga nada, al contrario, lo hace todo, no lo entiende y lo sé, nadie lo entendería, simplemente nadie sabe con lo que otros viven dentro, se pregunta qué hace mal y yo contesto–Nada porque así es, temo es que deje de hacer, eso es lo que pasa, simplemente porque esto es perfecto, más de lo que esperaba y merezco, es ahí cuando pregunto, ¿Cómo hacer para mantener a mi lado alguien que no merezco? Y es ese egoísmo de querer que solo esté conmigo lo que hace preguntarme eso, entre tantas cosas.
La amo, más de lo que yo mismo hago conmigo, la necesito, más de lo necesario que sería respirar cada segundo, y dicen que necesitar no está bien porque se depende de alguien más y es precisamente eso lo que sucede y me arriesgo a vivir, porque esta sensación no es comparable, es exquisita y sublime, solo la tranquilidad que encuentro a su lado es la que me ha hecho soñar más allá de mi muerte, cercana o lejana. Y la extraño y la pienso, y deseo sus labios, y mi piel grita por su piel, y mi corazón confiesa que nunca había sido tan feliz con la melodía de una voz, las caricias de unas manos o la luz de unos ojos, sé, con esas confesiones, que ella lo es todo, es lo que necesito, es lo que quiero, ¿Será que ella piensa lo mismo? Aunque no sea así seguirá siendo todo, todo para mi, el azúcar en mi café, la tinta en mis fotografías, las palabras de mis escritos, el aire que respiro, el motivo por el cual al abrir mis ojos en las mañanas quiero vivir, única y exclusivamente, aunque sea lo único en el día, un –Hola, un beso, una caricia, hasta su silencio, pero que sea de ella, solo de ella.
Relato de Dominique Rivet, Fragmento “En Mis Sueños”
 
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