Alguna vez en su vida, pensó que nada le podría causar daño, y así fue durante mucho tiempo. Las promesas hechas al pasar los días lo hacían fuerte, se sentía invencible. Fue durante ese tiempo en el que tal vez descubrió las etapas ocultas en su vida, y que sin imaginarlo, lo hicieron lo que hoy en día la gente recuerda de él.
Nunca llego a pensar que la fortaleza construida alrededor de sus sueños se llegaría a derrumbar por circunstancias tan inútiles e impredecibles como las que, en su momento, hicieron de él un hombre miserable y devastado. Agotado y sin ninguna idea de qué hacer en los instantes siguientes a su vida, comenzó a vagar por las calles de su mundo, ahogado en pena y dolor, busco ayuda pero en vano, nunca la encontró. Los consejos que escuchaba no eran los que esperaba y si los ponía en práctica nunca funcionaban. Busco refugiarse en calles próximas o construcciones, edificaciones y casas que creía, le darían algún abrigo, pero no conforme, al cabo de pocas semanas se iba sin dejar rastros, con paso lento y sin rumbo.
Desde aquel día en que su vida cambio y todo en lo que creía desapareció de su mundo, hubo una sola cosa que nunca quiso perder. La esperanza, era tal vez, el único sentimiento presente en su vida que lo mantenía más cuerdo que loco y más loco que cuerdo. No quería perderlo, pues sabía, que era aquella sensación la que haría que volviese a amar y creer.
Desafortunadamente para él, tanto tiempo en las calles de su desolada mente, las pequeñas semillas de un miedo infundado desde la destrucción de su fortaleza, germinaron con el frío de las calles, las conversaciones incesantes consigo mismo y el punzante dolor en su pecho que causaba la soledad, a la cual, temía desde que la misma vida le dio la capacidad de recordar. Fue en ese instante en que sus miedos sufrieron la tan temida transformación, nunca deseada en su vida. Aquella metamorfosis hizo de sus miedos, fobias que cada día más atormentaron y envenenaron su mente. Enloquecido por aquel cambió, la esperanza se desvanecía con sus pasos, dejando estelas en el asfalto frío de su vida y el deseo de vida eterna se perdía en susurros inaudibles para la gente que, desinteresadamente, pasaba a su lado sin generar otro sentimiento más que lástima.
Con la poca cordura que le quedaba en medio de su locura infundada, sintió que debía seguir viviendo, que alguien lo salvaría y lo sacaría de su miserable vida, sin pensarlo, la esperanza aún le pedía con voz agonizante que no se rindiera, fue así, como con sus últimas fuerzas, comenzó con gritos desesperantes a llamar a aquella que lo sacaría del fondo de su pena y dolor. Sus lamentos pedían a súplicas alguien que salvase su vida, que no lo dejará morir en aquella calle solitaria que durante mucho tiempo fue su único refugio. Era de esperarse, que siendo una calle poco transitada, fuesen pocas las que escucharán sus quejidos y menos aún las que prestaran atención a ellos.
Un día, un jueves, de una semana, en la que la voz ya era débil y el frío de su mundo hacía pausada su gesticulación, cruzo alguien el camino sin importar escuchar los gemidos que salían de aquella calle. Con pasos lentos, constantes, se detuvo justo en frente de él.
Una mujer, de cabello largo y ojos grandes, color avellana, hermosos, con labios delgados y carnosos, delgada y de figura esbelta, frágil, realmente hermosa, fue la única que en tanto tiempo se detuvo a escuchar, tanto así que se acerco hasta él para entender perfectamente lo que decía, lo que pedía. Oyó en su voz, una y otra vez, sin cansarse de repetir que decía “Alguien venga y sálveme la vida” sin creerlo se acerco aún más y prácticamente de rodillas a él, casi pegando sus oídos a los labios secos que se lamentaban, volvió a escuchar, a confirmar lo que sus oídos habían captado antes de estar tan cercana, tan íntima a su presencia “Alguien venga y sálveme la vida”. Sin darse cuenta de la presencia de ella durante ese periodo de tiempo, él, con sus ojos cerrados, sintió una calidez, que en su vida nunca había sentido, lo reconforto y lo alivio, dejo de gritar y fue el aroma de ella el que hizo que abriera sus ojos para ver a que se debía ese cambio. Cegado por las luces de los faroles, luz que anunciaba la noche, vio tan cerca a él una silueta que lo sorprendió, pero no se asusto. Pausada y tranquilamente se incorporo en su sitio para poder ver bien quién era. Los tenuidad de la luz se redujo y pudo ver, sin apartar los ojos, ese brillo y esplendor que solo ella emanaba. Fue desde ese instante, en que él creyó que aquel brillo al despertar no era la luz de los faroles, sino el resplandor de sus ojos, estaba convencido que era el ángel que venía a salvar su vida.
Sus ojos, los de ambos, se exploraron, se sintieron, se hablaron, se gustaron, hasta se probaron y en medio del éxtasis de aquel encuentro la decisión de ella fue suficiente para decir lo necesario, lo que él tanto había querido escuchar durante tantas noches. Un “Hola” fue suficiente para dejar intrínseco en 4 letras y una sola palabra que era ella quien venía a salvar la vida de él. Sin más, ella se puso de pies y sonrió, él sintió un vació en sus entrañas al pensar que ella se iría y lo dejaría allí como estaba, pero se encontró con 2 manos, suaves y delicadas que se extendían hasta estar pocos centímetros a su rostro y que lo invitaban a levantarse, a dejar atrás su calle e ir a otro mundo. Extendió sus manos y fue sublime el instante en que aquél par de extremidades se entrecruzaron perfectamente, conexión suficiente para sentir que el corazón de ambos nacía de nuevo en un solo latir.
En ese instante lo que ambos conocían como su mundo propio se desvanecía, se destruía y la conexión de sus corazones era la que construía de nuevo un mundo, un mundo solo para ellos dos, fue así como comenzaron a caminar, con pasos firmes, cuando eran débiles, con la frente en alto cuando solo miraban sus pasos, con la esperanza de una vida eterna cuando la vida misma estaba siendo una carga.
Y las palabras fluyeron, construyeron caminos, ese camino que solo ellos recorrerían, comenzaron a soñar, a vivir, de nuevo a creer, en un instante se amaron y de nuevo hicieron su fortaleza, esta vez indestructible e invencible, nunca se separaron, sus manos siguieron unidas. Muchos dicen que parecían golondrinas, que de tanto soñar lo único que les faltaba era volar.
Así continuaron los días, y así sigue su historia, siempre sonrientes y felices, soñando en el mundo que ellos mismos construyeron para ellos, para no tener que vivir en el mundo de los mortales, aquel donde no entenderían lo que sentían. Así ha sido, desde la última vez que los vieron, siguen y seguirán igual…